José Antonio Younis Hernández,
Catedrático de E.U. de Psicología Social de la ULPGC
El hecho de que los dispositivos mediáticos de consumo de la cultura popular <> ciertos consumos culturales y materiales para ofertarlos a un público descrito como juvenil, de amas de casa (marujas), de ancianos o infantil diferenciando así a los consumidores y a la clase de “material” consumido”, entra en el campo de la política por la naturaleza selectiva del proceso, que es, no lo olvidemos, un proceso constitutivo, que, haciéndose, crea su propio objeto. Así que los dispositivos de consumo, al articular previamente sentido y ofrecer identidades a los jóvenes, a las amas de casa, a los niños, a las mujeres...,construyen “lo juvenil” o “lo mujeril” o lo que haga falta para segmentar el mercado. Lo construyen no sólo como una categoría dentro de un mapa de tipos humanos, sino como una categoría social dotada de ciertos atributos o características sociales determinadas. Todo esto conlleva que sea una práctica política.
La capacidad de la cultura popular para representar admisiones y dimisiones es un acto político, pues refleja su capacidad selectiva escogiendo a los individuos, en cuanto categorías sociales, para expresar sus pasiones, por ejemplo, a través de concursos televisados. Eso sí, pasiones, algunas, que los adultos no podrían “jugar”. Algunos adultos podrían “jugar” en programas del pasado tales como “Su media naranja”, en “Confesiones”, o en tantos programas de sobremesa habituales de temas del corazón o de situaciones domésticas con protagonismo familiar, pero no en el programa Gran Hermano, Supervivientes, Confianza Ciega, Operación Triunfo, Contacto con Tacto, etc., todos ellos definidos con el término apocalíptico de telebasura. Cuanta más telebasura, más jóvenes son los protagonistas. ¿Casualidad? ¿Se relaciona con el derecho y libertad a la información?
Antes de responder, cabe decir que la llamada telebasura es en realidad una McTele. Tal como funciona el negocio McDonald, la McTele se basa en los mismos principios estratétigos comerciales para la estimulación del consumo y son los jóvenes adultos la audiencia que más consumo audiovidual muestra. De modo que el derecho y la libertad se mide por el rasero de la producción de capital, pues ningún derecho o libertad de información es autorreferente, sino que toma su valor de referencias externas a las que se subordina y conducen en definitiva a las pasiones que explota comercialmente. De ahí que sea muy problemático hablar de “libertad de información o derechos de tal”, cuando en la práctica existe una desigualdad de poder y de recursos materiales y simbólicos que hacen imposible la negociación o la elección (o juegas o te quedas fuera) Y es que, además, dadas las características del macrogénero televisivo de la McTele, tendente al espectáculo total, a la hipercontinuidad social y simbólica y al desenfreno de “McEspectacularizarlo” todo, no es razonable admitir que el individuo así fagocitado puede practicar sus supuestas libertades y derechos cuando de hecho no existe distanciamiento crítico sino reactividad por saturación y pérdida de agencia intelectiva.
El sector más “Mctelizado” es el de los jóvenes, a través del pujante negocio de los casting, reclutados por ser los más apartados del mercado de trabajo y los más clausurados por la programación basura. En este contexto de “naturaleza socioeconómica”, la libertad es para los contratantes, no entregándose en los casting ninguna copia de los contratos que, además, imponen una cesión total de derechos a favor del contratante. Y dicen los contratantes que ellos y ellas tienen total libertad de entrar en tal sistema contractual, demostrando con ello la banalidad del mal o la idiotez moral de despejar al “no pensamiento” estos abusos.
¿Por qué, entonces, los individuos dejan que sus emociones íntimas se hagan públicas por esos contratantes de la McTele que identifican tramposamente esta cesión de intimidades y emociones como libertad de expresión y derecho que cada uno tiene de comerciar libremente con su sí-mismo, pero a la vez diseñan contratos abusivos y, por otro lado, aprovechan las condiciones del sistema para aprovecharse de la gente y, especialmente, de la más joven?
La cultura popular ha hecho posible mirar a la televisión, vía sus concursos basura, como el “pelotazo juvenil”, creando un paralogismo con el pelotazo político y económico de la España de las corrupciones. En un contexto poskeneysiano de empleo, de dificultades en las trayectorias para la construcción biográfica y, por supuesto, de individualismo y menor centralidad del trabajo para la definición de las identidades, ser protagonista de un concurso arrienda mejor futuro que las trayectorias hacia la nada, donde el único derecho pertenece a los contratantes, quienes hasta justifican su idiotez moral, no como un problema para distinguir el bien del mal, sino como un tema entre la ganancia comercial y el derecho a vender la identidad personal .