José Ángel Gil Jurado, doctor en Economía
Departamento de Métodos Cuantitativos
, ULPGC
El fenómeno migratorio genera procesos complejos en la economía canaria de difícil síntesis en un espacio reducido y de opinión como éste. Estos procesos tienen que ver, desde luego, con la ampliación de la oferta de trabajo, tanto en su volumen como en el espectro de cualificaciones, así como con la posibilidad de generar oportunidades de competitividad productiva e introducir nuevas tecnologías de organización que amplían el abanico de posibilidades en un mercado de trabajo estrecho y de escasa movilidad. Pero al mismo tiempo, y precisamente por la pequeñez, fragmentación y estrechez de los mercados genera asimismo perturbaciones que en ocasiones –como las que se refieren a la prestación de servicios públicos básicos como la sanidad y la educación – son de difícil resolución.
Por desgracia desde los ámbitos analíticos se suele adoptar un punto de vista normativo -“lo que debiera ser”- en lo referente a la inmigración, actitud determinada sobre todo por el desconocimiento de las tipologías y motivaciones de los flujos migratorios, aspecto éste que reclama un serio y profundo estudio desde la Universidad. En una economía abierta como la canaria la inmigración no puede contemplarse desligada del proceso productivo, ni éste puede entenderse al margen del proceso migratorio. El espectacular crecimiento de la economía en años pasados y el diferencial relevante respecto a la media española o europea es, entre otras razones, expresión también de un proceso migratorio tanto más intenso cuanto mayor era el potencial de crecimiento. De hecho, la moderación en las expectativas a partir del año pasado ha contribuido a una menor presión inmigratoria en flujos relacionados con la actividad constructora y la prestación de servicios.
Cuando hablamos de inmigración, por tanto, no nos referimos exclusivamente a aquellos flujos en la escala inferior de la consideración social; estos son probablemente los flujos de menor relevancia económica, aunque de mayor alarmismo social. Y debemos entender, igualmente, que la inmigración en la dimensión que alcanza en Canarias es, de una parte, fruto del proceso de confrontación global entre el mundo desarrollado y el no desarrollado -Canarias es frontera Sur de un continente desarrollado y es en sí misma una economía desarrollada- y de otra parte fruto también de la elección colectiva que se ha hecho en Canarias de un modelo de crecimiento rápido y relativamente desordenado altamente consumidor del factor trabajo. El espectacular crecimiento turístico y económico de Fuerteventura o Lanzarote, por ejemplo, no hubiera sido posible sin el concurso de intensos flujos migratorios. Otra cosa es el inconcluso debate sobre el modelo de crecimiento de las economías insulares.
Finalmente, desde la óptica de la política educativa, la inmigración plantea de manera ineludible el reto de la competitividad de los titulados en las instituciones canarias -la universitaria pero también la formación profesional- y la necesidad de una permanente adecuación de los contenidos formativos a los procesos productivos específicos. Los segmentos del mercado de trabajo de cualificación alta y media son también nichos competitivos en una economía cada vez más abierta por vocación y necesidad.