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Nº13
Septiembre 2004
El BAZAR DE LOS ANUNCIOS
Opinamos sobre
Los beneficios y costes del uso de El Confital

Carmelo J. León González, catedrático de Economía Aplicada.

El Confital ha quedado con el tiempo destinado a ser un espacio libre de urbanizaciones y de todo tipo de antropización irreversible. El hecho de que este espacio, tan cerca de la urbe de Las Palmas de Gran Canaria, haya estado al margen de su expansión urbanística, ha sido insólito, y se ha debido a la confluencia de una serie de circunstancias específicas del lugar y de su entorno. Sin desearlo ni repudiarlo, el Confital se ha visto asistiendo, durante décadas y “desde la otra orilla”, a la imparable construcción en el Istmo de Guanarteme, y a la transformación comercial de los arenales de Las Canteras.

Así llegamos al Siglo XXI, con un espacio contiguo a la conurbación de Las Palmas de Gran Canaria, atesorando unos valores naturales, históricos y culturales que rememoran a los sepultados antepasados de su entorno. Pero, a pesar de la riqueza del lugar, la presión urbanística se ha presentando como una posibilidad real, más aún cuando la Ciudad está ya colmatando sus posibilidades de expansión real. En este debate en torno a las opciones de uso, parece que la utilización constructora, al menos residencial, se aleja definitivamente de las opciones barajadas.

En todo espacio natural absento de intervención, se presentan diversos usos y disfrutes potenciales, cada uno de los cuales tienen unos beneficios y costes sociales, que se deberían evaluar, de cara a tomar la decisión más eficiente para la sociedad en su conjunto. Los beneficios sociales incluyen los privados, y también los denominados externos, los cuales no tienen una expresión a través del juego de las fuerzas del mercado.

En términos prácticos, esto significa que la decisión sobre lo que hacer en El Confital tendría que estar guiada por el principio del máximo bienestar posible para el conjunto de la población. Y para ello, habrían de medirse en términos preciosos, tanto cualitativa como cuantitativamente, los beneficios y costes de cada opción.

No cabe duda que el uso constructor es el más reflectante desde la óptica del beneficio puro y duro, o sea, el privado, siendo el que más presión ha ejercido para su transformación antrópica. Sin embargo, los beneficios de los otros usos más blandos también son significativos, y pueden superar con creces a los beneficios privados derivados del uso urbanizador. Dentro de los usos no urbanizadores, los usos deportivos y culturales habrían de tener en cuenta los valores naturales y ambientales atesorados en el lugar, de modo que éstos no se vean disminuidos por las transformaciones realizadas. Para saber qué uso es el que más beneficios netos generaría para la sociedad, se debería partir de un amplio debate social en el que se manifiesten las preferencias por las diversas opciones, con la posibilidad de que los usos privados sean compensados por los beneficios sociales generados de la preservación. En este debate concurriría la información proporcionada por la medición, en términos económicos, de los beneficios relativos de los usos potenciales. La opción por un uso determinado, tanto antropizante como preservacionista, ha de partir de la evaluación económica de los efectos externos de cada alternativa.

Debido a la creciente escasez de espacios naturales y de ocio, y el correspondiente exceso de demanda, es posible que los usos preservacionistas tengan un alto valor relativo, y suficiente para compensar todo tipo de uso comercial, tanto privado como público. La ordenación del espacio ha de anticipar los deseos de la población en su conjunto, que podrían observarse científicamente, y no dejarse llevar por los grupos de presión ni por los intereses del corto plazo. De todo ello dependen la calidad de vida y el tan renombrado slogan del “desarrollo sostenible”.

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