Julio Machargo Salvador, Dpto. Psicología y Sociología.
La religión ha jugado siempre un importante papel en la sociedad. Sus dogmas, sus principios morales y sus ritos han impregnado la cultura, el arte, las costumbres y los valores. La religión está presente en las guerras y en la paz. Puede decirse que ha informado la historia y la vida de los pueblos.
Siendo esto así, parece razonable que el sistema educativo se haga eco de esa realidad y se plantee la inclusión del estudio de la religión en el currículo formativo de niños, adolescentes y jóvenes, lo que contribuiría, sin duda, a un mejor conocimiento de la sociedad en la que viven.
Pero, la religión, en cuanto disciplina académica, no es una asignatura más del currículo. La enseñanza de la religión tiene unos objetivos que van mucho más allá de sus propios contenidos. En ella se dan cita intereses, no sólo religiosos, sino también sociales, económicos y políticos, de lo cual son prueba las discusiones y conflictos que surgen en torno a este tema. Precisamente en estos momentos asistimos a uno de esos debates. Esta breve colaboración es una aportación al mismo.
Creemos que la educación religiosa, si tiene por objeto la práctica de la religión, como expresión de unas creencias y unos sentimientos religiosos concretos, no tiene cabida en la enseñanza reglada pública en un país que se declara oficialmente aconfesional y laico. La responsabilidad de esa formación corresponde a la familia, que es su ámbito natural, junto con las instituciones religiosas. Sólo así, se preservan las legítimas creencias, conductas y sentimientos de los diferentes alumnos que acuden a los centros públicos de enseñanza.
En cambio, sí creemos que los contenidos religiosos, como elementos integrantes de nuestra cultura, pueden incorporarse al currículo académico a medida que los alumnos tienen capacidad para comprenderlos. No obstante, surgen serios problemas, cuando se trata de llevar a la práctica su enseñanza y se plantea su peso y su articulación dentro del currículo.
En nuestra opinión, los contenidos religiosos deberían estar al mismo nivel que los demás contenidos del currículo y ser tratados junto con los temas afines de otras disciplinas. Los criterios a seguir para incluir unos determinados contenidos religiosos en el currículo deberían ser básicamente de carácter evolutivo (nivel madurativo del alumno) y de carácter didáctico (programación, organización docente, evaluación…). En ningún caso deben prevalecer criterios de tipo ideológico o de oportunidad política.
En los primeros niveles del sistema educativo, los contenidos religiosos apenas deberían tener presencia en el currículo. En los últimos cursos de Educación Primaria y en los años de la Educación Secundaria, se pueden incorporar progresivamente, formando parte y en relación con los temas sociales y culturales que corresponde estudiar en esos cursos.
En Bachillerato y en la Universidad cabe la posibilidad de abordar de forma más específica el estudio de los hechos religiosos, ofertando materias optativas o de libre configuración. Así, los alumnos interesados tendrían la oportunidad de profundizar en el conocimiento de la religión. Esas asignaturas gozarían del mismo rango académico que cualquier otra disciplina. Los alumnos universitarios pueden encontrar en el estudio de las religiones pistas para interpretar su propio momento histórico y cultural. En muchos de los acontecimientos y conflictos de nuestro tiempo es fácil encontrar la huella de la religión.
Obviamente, las diferentes religiones deben recibir el mismo tratamiento.
Para concluir esta reflexión, nos preguntamos por la presencia que tiene en nuestra universidad la enseñanza de la religión. ¿Con qué oferta de asignaturas de contenido religioso cuenta? Quizá valga la pena conocer la respuesta.