Fernando Bruquetas. Catedrático de Historia Moderna de la ULPGC.
La necesaria reforma del Código Civil, que regulará las uniones homosexuales, viene a poner fin a una injusticia histórica. Por esta ley se equiparan en igualdad de derechos los matrimonios con las parejas que puedan establecerse entre cónyuges del mismo sexo, digo que se equiparan, porque no son lo mismo, aunque sí serán iguales en derechos. Eso es lo importante y lo novedoso. Con ello se trata de dar satisfacción a una realidad social evidente, que como todo el mundo sabe es aceptada mayoritariamente por la sociedad española.
Sin embargo, resulta irritable que esto levante voces en contra y que desde algunos púlpitos se reivindique con demasiada arrogancia la propiedad del derecho y de la naturaleza humana. La homosexualidad no es antinatural o al menos lo es tanto como la heterosexualidad, porque ambas son formas de practicar la sexualidad y eso es lo único que es normal y natural. (Aunque muchos se nieguen a tener ningún tipo de vida sexual, lo cual me parece tan respetable como la propia promiscuidad). La creencia de que el derecho emana de la naturaleza es un error muy extendido, ya que dependiendo de la idea que se tenga de esa naturaleza, variarán los fundamentos de la ley que hacen los hombres en consonancia con ella.
No obstante, comprendemos los miedos que proceden de la ignorancia; pero a quién puede ofenderle hoy que los homosexuales tengan derecho a unirse en pareja y si quieren también adoptar hijos. En principio no parece muy lógico oponerse, pero algunos se niegan argumentando que no es normal, porque dos hombres o dos mujeres no pueden tener hijos. Lo cual es discutible, porque los avances de la ciencia hacen posible la inseminación artificial, aunque ése no sea el debate ni la cuestión principal; y esa falacia da por sentado además que el único fin del matrimonio es la procreación. Tal vez desde el punto de vista de alguna iglesia así sea, pero las jerarquías eclesiásticas nos demuestran una vez más que no tienen el monopolio de la verdad, como tantas veces ha sucedido a lo largo de la Historia.
Lo que subyace bajo semejante planteamiento es la consideración de que las uniones entre homosexuales no parecen lógicas, normales ni naturales. Tal forma de pensar es simplemente anacrónica, pero lo discriminatorio y lesivo es que no se legisle para que desaparezca ese anacronismo que daña y ofende a quienes optan por unirse para realizar una vida en común y quieren disfrutar de los mismos derechos civiles que gozan otro tipo de uniones.
La adopción tampoco debe prohibírsele a los homosexuales por el mero hecho se serlos, aunque hay gente que sigue identificando a los homosexuales con los pederastas, lo cual es otro error monumental. Los que piensan así se olvidan de que los homosexuales son hijos de heterosexuales y han sido educados en la heterosexualidad, y pese a la educación recibida son lo que deben, pueden o quieren ser. Creo que se da por hecho que la homosexualidad se trasmite por contagio, cuando respecto al sexo uno es y hace lo que siente y no lo que le propongan así como así.
Si la gente se une porque cree en la pareja como ideal o porque con ello se aproxima al logro de la estabilidad emocional o a la consecución de la felicidad, las leyes no deberían ser discriminatorias con estas uniones, pues las devalúan y en muchos casos las hacen imposibles. Pero es injusto que dos hombres o dos mujeres que se aman y decidan convivir no puedan hacerlo en igualdad de condiciones que otras parejas.
Lo que se trata de regular es que no haya realidades absurdas y contextos desfavorables para las parejas del mismo sexo, como sucede actualmente con el derecho a percibir las herencias, testar sin necesidad de pagar más que otros, acogerse a los beneficios de los seguros de vida, la seguridad social, el derecho a declarar a Hacienda como más convenga a la pareja, poder disfrutar de los alquileres de las viviendas por igual, los créditos hipotecarios, o poder visitar a los compañeros y compañeras en los hospitales, porque hoy se les prohíbe al no ser parte de la “familia”; y así un largo etcétera de asuntos en los que nuestras parejas sufren un trato discriminatorio, más propio de tiempos pretéritos que del mundo actual.