Germán Rodríguez Rguez, Catedrático de Física Aplicada, Profesor de Hidrodinámica Costera e Ingeniería de Costas en la Facultad de Ciencias del Mar, ULPGC
Los recientes acontecimientos acaecidos en el sudeste asiático, en relación con el tsunami del 26 de diciembre de 2004, han despertado el interés - más bien la alarma- entre la población, especialmente de aquella que reside en zonas costeras, esto es, más de tres cuartos de la población mundial. Los efectos de este fenómeno han sido tan dramáticos y devastadores que no cabe más que cuestionarse su origen, sus propiedades y especialmente la posibilidad de ocurrencia en otros lugares, así como la capacidad actual del hombre para predecirlos.
De forma simple, los tsunamis son trenes de ondas largas, con periodos próximos a los 20-30 minutos que, por diversos motivos, se generan en el océano, propagándose por su superficie a gran velocidad. Una característica especial de este tipo de ondas es su pequeñísima amplitud (en comparación con su longitud) mientras se propagan en zonas de profundidades considerables, alejadas de la costa. No obstante, la aplicación de principios físicos básicos permiten demostrar que al alcanzar la costa, es decir, al reducirse la profundidad de la columna de agua, la velocidad de estas ondas ha de disminuir considerablemente, mientras su amplitud se incrementa hasta alcanzar valores sustancialmente superiores a los que poseía en zonas alejadas de costa. Al igual que las olas que observamos en una playa, cuando las ondas se aproximan mucho a la orilla (la profundidad se hace muy pequeña) se vuelven inestables y rompen liberando toda la energía que transportan.
En las olas que acostumbramos a ver en la playa, parte de esa energía liberada en la rotura se emplea para hacer que una pequeña lámina de agua ascienda por la pendiente de la playa, tanto más cuanto más plana sea la misma. Este fenómeno recibe el nombre de remonte del oleaje. Algo similar ocurre en el caso de un tsunami. Sin embargo, debido a su gran longitud y a la enorme altura alcanzada en el momento de la rotura (se han referenciado valores de hasta 30 metros), la cantidad de energía liberada en este caso es tal que lo que asciende por la pendiente de la playa no es una pequeña lámina de agua sino un gran volumen de fluido que se desplaza tierra adentro. Obviamente, el remonte del tsunami también será mayor cuanto menor sea la pendiente de la zona sobre la que incide. Este es el aspecto más importante en relación con los tsunamis y sus efectos.
En relación a su origen, es suficiente decir que este tipo de evento se genera por cualquier tipo de fenómeno capaz de transmitir al océano una gran cantidad de energía en un intervalo de tiempo muy corto. Así, además de los movimientos sísmicos y las erupciones volcánicas submarinas, los deslizamientos de grandes volúmenes de tierra, o hielo en el caso de los glaciares, los científicos han apuntado la posibilidad, aunque remota, de tsunamis catastróficos generados por el impacto de meteoritos en la superficie oceánica.
Resulta evidente que la predictibilidad de estos fenómenos varía en dificultad, siendo los más “fáciles” de predecir aquellos asociados a deslizamientos de zonas terrestres elevadas e inestables, o los de fracturas de glaciares. En cualquier caso, incluso en éstos el problema no resulta simple. No obstante, el análisis de la predictibilidad de los tsunamis requiere distinguir dos aspectos sustancialmente distintos. Por un lado se ha de considerar la capacidad humana para detectar zonas con potencialidad para generar tsunamis (tsunamigénicas), mientras que por otra parte es fundamental conocer el instante en el que ocurrirá un evento de este tipo.
Naturalmente, ambas perspectivas cambian radicalmente el panorama de la predicción. Así, en relación con la localización de zonas tsunamigénicas, aunque sea necesario seguir profundizando en este campo, la Geofísica ha alcanzado notables avances que permiten conocer de forma bastante adecuada cuales son las regiones de mayor riesgo en este sentido. Por el contrario, se podría decir que la posibilidad de predecir en qué momento se producirá un evento que dé lugar a un tsunami y la intensidad del mismo se encuentran aún en el terreno de la mera especulación. En realidad, dada la naturaleza de dichos fenómenos, extraordinariamente rara en cuanto a frecuencia de presentación, en la actualidad sólo existe la posibilidad de abordar su predicción temporal mediante el uso de técnicas estadísticas, basadas en la información acumulada a lo largo de los años.
En definitiva, resulta viable predecir con un adecuado grado de precisión en que zonas existe la posibilidad de generación de tsunamis, pero existe una enorme incertidumbre en la predicción del momento en que en un área determinada se producirá un evento de este tipo. No obstante, frente a este desalentador panorama es necesario indicar que, una vez ha generado un tsunami en una zona determinada, la Física Marina se encuentra en disposición de predecir, con bastante exactitud, hacia donde se propagará y cuales serán sus características al llegar a las distintas zonas costeras. Además, los avances en el campo de la tecnología han permitido el desarrollo de sensores capaces de detectar con elevada precisión la existencia de un tsunami propagándose en el océano. Si se considera que un tsunami se propaga a una velocidad significativamente elevada, aproximadamente 700 Km/h, un tsunami que se generase a 2000 Km de distancia de una zona costera dada tardaría en llegar a ésta unas 2.5 horas. Es decir, con una planificación adecuada, sería posible desalojar la población de las zonas costeras con riesgo de ser alcanzadas, salvando así un considerable número de vidas, como ya ha ocurrido en algunas ocasiones en las costas de Estados Unidos o Japón.
En consecuencia, aunque aún resulta inviable una predicción adecuada de los tsunamis, es posible establecer redes de detección y alerta, funcionando en tiempo quasi-real y de forma acoplada con modelos numéricos, que permiten predecir que zonas serán alcanzadas y la intensidad de las ondas incidentes, así como las zonas terrestres que serán inundadas por el agua. Sin embargo, siendo el sudeste asiático una de las zonas más tsunamigénicas conocidas no disponía de estos medios. Este no es más que otro ejemplo que evidencia que ni la ciencia, ni la tecnología, son patrimonio de la humanidad, son únicamente patrimonio de determinados países ricos que han alcanzado dicho status a costa de los restantes. Resulta vergonzoso que sean necesarias tragedias como la ocurrida recientemente en estos países para que ciertas organizaciones internacionales tomen cartas en el asunto, mientras otras guardan silencio, y decidan dotar de los medios antes citados a las regiones que lo precisan. No obstante, en las resoluciones que ahora se empiezan a adoptar, ya se plantean los problemas de tipo económico, y no se considera más que a un número reducido de países costeros. Ante tal situación, resulta interesante reflexionar sobre las siguientes cuestiones. Primera: ¿hay alguna región costera exenta de este riesgo?. Sin el ánimo de ser alarmista y partiendo de la base de que éstos son fenómenos naturales muy poco frecuentes, me atrevo a asegurar que no, aunque es cierto que existen diferentes grados de vulnerabilidad. Segunda: Dado que parece necesaria una red global de detección y alerta de tsunamis, ¿quién debería correr con los costes de instalación y mantenimiento de la misma?. ¿sería razonable excluir a algún país de dicha red por no poder éste hacer frente a los mismos?. La palabra es de ustedes.