Adelaida Hernández Guerra
Licenciada en Ciencias de la Información- Periodismo
Gabinete de Comunicación de la ULPGC
Cada día somos más los que nos encontramos ahitos de la llamada telebasura, tan llenos que una sola imagen más nos podría provocar el vómito. Es una práctica que se reconoce aún cuando no haya sido formalmente definida: la grosería, la ordinariez, la vulgaridad, la chabacanería, lo escabroso y la bazofia, consentida por una serie de personajes que se exhiben en platós televisivos --normalmente a cambio de una sustanciosa indemnización monetaria-- y que es contemplada por otros en los sillones cómodos de los salones de sus casas. Una práctica que, además, tiene que mantener la atención acrecentando sus niveles de espectáculo y ya no sólo vale lo comprobado sino incluso lo rumoreado; y que impregna con comentarios o pildoras al resto de la programación.
¿Qué hacer con la telebasura?. Esta pregunta se repite de forma más o menos insistente en los medios de comunicación o en las conversaciones. El derecho a la información es sagrado, y consagrado por la Constitución, pero ¿debemos permanecer impasibles frente al lenguaje, modos de comportamiento, símbolos y formas de relacionarse con los demás que se están dando por válidos y además con gran éxito de público por lo que señalan los índices de audiencia?.
Una voz tan autorizada como la de la Catedrática de Etica de la Universidad de Barcelona Victoria Camps señala que "no se puede predecir ni calibrar los riesgos o daños probables de este producto, que daña al espíritu o la mente, pero no al cuerpo". Pero los riesgos están ahí. Le escuché recientemente a una adolescente de forma contundente "que más da lo que piensen los demás, tu vas a la tele, que te insulten lo que quieran y te llevas el dinero". Igual nos estamos olvidando de transmitir que hay cosas que no tienen precio y, por tanto, no están en venta, como la dignidad, la honestidad, la sinceridad, la amistad...
En un reciente Estudio de valores en Canarias, elaborado por el Consejo Escolar se detecta que los estudiantes de Secundaria priman los valores individuales frente a los sociales y que es más significativa la importancia de los medios de comunicación en la educación de valores que la que puedan tener el profesorado o la propia familia.
Nos estamos envileciendo, estamos perjudicando a nuestros jóvenes, pero permanecemos impasibles. Los medios de comunicación se escudan en los beneficios económicos y la audiencia que se obtienen con estos programas. Al final los medios son reflejo de los intereses de la sociedad. Nos hemos autoprohibido--afortunadamente-- la censura pero pareciera que también renunciamos a ser críticos. Si en épocas pretéritas los colectivos más concienciados denunciaban el pan y fútbol del extinto régimen ¿por qué estamos tan silenciosos?. No todos tenemos la misma responsabilidad en este fenómeno, hay límites entre lo aceptable y lo inaceptable. Los derechos individuales a la propia imagen o a la intimidad, por ejemplo. No esperemos que los demás tomen cartas en el asunto, vamos a actuar cada uno de nosotros. Si apagamos el televisor, si desciende la audiencia, el asunto se va a solucionar más pronto que tarde.