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Nº20
Abril 2005
El BAZAR DE LOS ANUNCIOS
Opinamos sobre
EL PAPEL DE LA UNIVERSIDAD EN LA COOPERACIÓN AL DESARROLLO.

Lourdes Urbaneja Clerch, Profesora titular de Escuela Universitaria. Departamento de Psicología y Sociología de la ULPGC

Una de las características del quehacer universitario es la búsqueda del rigor científico. Vale esta afirmación para abordar el concepto de cooperación al desarrollo, que desde la Universidad debe ser sometido al debate.

En nombre de la cooperación al desarrollo las instituciones financieras internacionales como el FMI y el BM, han aplicado durante casi veinte años políticas de ajuste estructural que lejos de alcanzar los equilibrios macroeconómicos que justificaron su aplicación, han dado paso a una creciente concentración de la riqueza y un aumento de la desigualdad. En la era de la globalización, según el Informe del PNUD de 1999, la brecha entre la quinta parte de la población más rica y la más pobre se ha ensanchado de tal forma que el 20% de la población mundial más rica, entre los que está el mundo desarrollado en el que vivimos, recibe el 86% de los ingresos totales del mundo, mientras que el 20% de la población más pobre, entre los que se encuentran nuestros vecinos africanos que forman parte de los Países Menos Avanzados (PMA) como Mauritania, Senegal, Gambia, Guinea Bissau, Guinea Conakry, sólo reciben el 1% de la riqueza mundial.

Los defensores del llamado Consenso de Washington señalaban que era necesario que los países en desarrollo tuvieran un crecimiento económico que estuviera un punto por encima del promedio de los países desarrollados para reducir sus niveles de pobreza. Sólo en ese caso, señalaba el Banco Mundial, hay una correlación positiva entre crecimiento económico y reducción de la pobreza. En defensa de este argumento se apoyaron en el ejemplo de Asia Oriental y el Pacífico, donde están las economías que han crecido con mayor velocidad en el mundo, los denominados Nuevos Países Industrializados (NPI), los cuales entre 1990 y 1999 tuvieron un incremento del PNB per cápita de un 6,4% anual. La población que vive en la pobreza en esta región disminuyó en un 14,9% en el mismo período considerado. Asia Meridional tuvo un crecimiento económico del 3,3% y vio reducida la pobreza en 8,4%. En el período considerado, la tasa de crecimiento medio de los países desarrollados fue del 3%.

En el lado opuesto están los países de América Latina y el Caribe, que crecieron un 1,6% y África del Norte un 1%. En éstos, el número de pobres aumentó, en particular en el África Subsahariana, donde 74 millones de personas entraron en el siglo XXI en situación de extrema pobreza, así como en Europa Oriental y en los países que antes formaban parte de la Unión Soviética donde el número de pobres se triplicó, pasando de 31 millones a casi 100 millones.

Llegados a este punto, cabe preguntarnos ¿disminuye la pobreza automáticamente con el crecimiento económico? Lo primero que hay que señalar es que la pobreza nunca se reducirá en una economía estancada. El crecimiento económico es esencial para reducirla. Sin embargo, la conexión entre uno y otra no es automática. Tal como señala el Informe del PNUD de 2003, Indonesia, Polonia y Sri Lanka tuvieron tasas de crecimiento del 3,2%, 2,4% y 4,1% respectivamente en la década de los noventa. Sin embargo, las tasas de pobreza lejos de disminuir aumentaron en un 3% en Indonesia, pasando de un 15% a un 18% de la población; un 14% en Polonia, pasando de un 6% a un 20% de la población y un 6% en Sri Lanka, que pasó de un 33% a un 39% de la población que vive con menos de un dólar diario. Todo ello a pesar del crecimiento económico. Si bien el crecimiento económico es necesario para reducir la pobreza, puede ocurrir que se incline a favor de los sectores con mayores ingresos si no está orientado a favor de los colectivos de la población más desfavorecidos.

Ante esta situación, desde el propio Banco Mundial empezaron a surgir voces críticas hacia las políticas del Consenso de Washington. Joseph Stiglitz, economista jefe del Banco Mundial desde 1997 hasta su polémica renuncia en febrero de 2000, fue uno de los impulsores de este debate, que se vio reflejado en su libro El malestar en la globalización publicado a mediados de 2002.

A diferencia de las políticas de ajuste de corte neoliberal que se aplicaron durante casi veinte años en América Latina y que llevó a la privatización de importantes empresas públicas promoviendo el desmantelamiento del Estado, Stiglitz justifica la intervención pública en la economía y propone que las instituciones internacionales dedicadas a la cooperación al desarrollo deben dirigir todos sus esfuerzos a la lucha contra la pobreza. En su crítica, Stiglitz señala que mientras a los países en desarrollo se les ha obligado a insertarse en el mercado mundial, los países desarrollados siguen aplicando políticas proteccionistas en forma de aranceles a la entrada de los productos agrícolas de los países en desarrollo o a través de subsidios a su propia producción.

De este debate ha surgido un nuevo consenso, recogido en los Objetivos del Milenio (ODM) que definen a la cooperación al desarrollo como una política cuyo eje central debe ser la lucha contra la pobreza.

Las Universidades debemos hacer un esfuerzo de clarificación y de puesta al día de la cooperación española que debe desligarse de intereses comerciales y políticos, dedicando sus recursos, siempre escasos, a la lucha contra la pobreza especialmente en los países de nuestro entorno, y promover en la Unión Europea la apertura del mercado comunitario a los productos agrícolas de los países en desarrollo, así como la eliminación de subsidios que llevan a una competencia desleal en el mercado mundial.

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