Nasser Said Ramírez. Director del Aula de Identidad Sexual. Vicerrectorado de Cultura y Deporte de la ULPGC.
Últimamente se están vertiendo ríos de tinta y cientos de megas en escribir sobre los matrimonios homosexuales, que serán permitidos por el gobierno próximamente, gracias a una reforma de algunos homófobos artículos del código civil.
Veo cierto paralelismo con la cuestión de la adopción. Las parejas homosexuales no podían adoptar, pero los hombres solteros mayores de veinticinco años sí. Y como hasta ahora no se podían casar, pues la adopción se podía llevar a cabo. El hecho es que, entre todas las preguntas para casarte (y mira que preguntan) nunca te preguntaban si eras heterosexual ¿curioso no? ¿Lo preguntarán a partir de ahora? ¿Habrá que demostrarlo fehacientemente? ¿Cómo lo harán? Me come la curiosidad. Tal vez sea como antiguamente con el valor en la mili: se le supone, para algo es un hombre.
Del mismo modo la reforma plantea un supuesto nuevo que no es imposible pero en el que parece que nadie ha reparado: el matrimonio de heterosexuales. Supongamos dos varones, o dos mujeres, que son heterosexuales y deciden contraer matrimonio entre si. Dado que al contraer matrimonio el régimen económico matrimonial es, a falta de pacto en contrario, la sociedad de gananciales, esta facilitaría la creación de empresas en común. Ellos seguirían con sus actividades heterosexuales pero, según la nueva ley, serían un matrimonio con todos sus beneficios a nivel general. Sería incluso posible que vivieran con sus respectivas parejas pero constituirían un matrimonio muy particular.
El problema, que nadie hasta ahora plantea, es que la institución del matrimonio está imbuida de una filosofía heterocentrada y heteronormativa que esta reforma ha roto. Lo que realmente ha hecho es darle la puntilla, y probablemente ahí está el temor que subyace en todo esto. Igualmente establece jurídicamente identidades que hasta ahora solo se perfilaban desde ciencias duras como la psiquiatría en el DSM4. Y por último ha conseguido incluso reavivar a su santidad Juan Pablo II (véase EL PAIS, jueves 7 de 2004. Pág. 26) al que yo mismo creí un pobre anciano en grave estado de salud.
Que nadie venga a decirme que eso significará el fin de una institución cuya validez no llega más allá del número de divorcios que cada año se producen en nuestro país o de aquellos que conciben el matrimonio como la compra-venta de la esposa. Que no me hablen de lo natural porque a día de hoy, en pleno siglo XXI, lo natural no existe.
De lo que trata esta reforma es de abrir puertas a la variedad, a otras formas de familia, a otras relaciones que siempre han sido sancionadas legalmente, al matrimonio homosexual pero también hacer posible un matrimonio heterosexual diferente, a otras formas de vivir la sexualidad. Esta reforma abre la puerta a la pluralidad y yo estoy a favor de la pluralidad en cualquiera de sus formas.