Juan Santiago Arencibia Arencibia, Profesor Titular de Universidad, Departamento de Educación.
En un espacio tan reducido como el que se nos ofrece en esta publicación es imposible realizar un análisis del tema que nos ocupa con un mínimo rigor. Muchos son los términos utilizados en el debate mantenido ante la opinión pública. La mayoría de ellos más que ofrecer argumentos que permitan a la ciudadanía formarse una opinión propia, contribuyen a oscurecer la magnitud de un tema que precisa entre otras cosas de un análisis histórico que clarifique como se han desarrollado las relaciones entre la Iglesia y Estado. Este es el verdadero telón de fondo de una polémica que se torna artificial dependiendo de los intereses que representen las voces que se manifiestan ante la sociedad.
El hecho de que se imparta religión o no en la escuela pública, que se considere una asignatura optativa u obligatoria, que sea evaluable o no, representan los puntos calientes de un debate que se ha mostrado bastante sesgado desde sus inicios. En realidad estas son manifestaciones de un problema de mucho mayor calado como es el de la relación establecida entre la Iglesia y Estado. El análisis histórico de esta “Santa Alianza” ha sido convenientemente tratado por Gómez Llorente en un artículo titulado : “En torno a la confesionalidad de la escuela” aparecido en Cuadernos de Pedagogía en su número de septiembre de 2004. Desde lo que el autor llama catolicismo identitario, pasando por el laicismo de la ilustración hasta la fase más virulenta de la relación, propia de los siglos XIX y XX, la Iglesia y Estado se han servido mutuamente para sacar adelante una serie de intereses que en la mayoría de las ocasiones poco o nada han tenido que ver con la calidad de vida, la formación o el bienestar de la ciudadanía.
En la actualidad las voces más progresistas que participan del debate público existente reivindican el laicismo como instrumento ideológico que posibilite la separación entre lo político y lo moral. Desde la ilustración hasta nuestros días el mensaje laico más purista declara la absoluta necesidad de separar la moral de los principios de cualquier religión particular y por supuesto deja bastante claro que en la instrucción pública la enseñanza de cualquier culto religioso no debe tener cabida.
La fuerte polémica social vivida en Francia en el último año en torno al uso de símbolos religiosos en las escuelas estatales del país favoreció la aparición de un término, muy francés, pero que desde mi punto de vista supone la superación del laicismo, que como se refleja en la definición anterior, implica más connotaciones ideológicas, por el de laicidad. Se entiende como la garantía que establece la Republica para separar la esfera pública y privada, evitando dar carta de naturaleza a cualquier particularismo cultural o religioso en la vida pública. Es pues un principio de separación de la sociedad civil y de la sociedad religiosa. El Estado, desde esta perspectiva, no ejerce ningún poder religioso y las iglesias ningún poder político. Es proclamar, en suma, la neutralidad del estado entre las religiones.
La polémica vigente suscitada por las sucesivas reforma y contrarreforma que tanto el gobierno del PP como el del PSOE han impulsado y donde la religión aparece como una cuestión prioritaria en el ámbito de la educación, tiene, desde mi modesta opinión, dos efectos colaterales importantes. Por un lado, oculta una serie de problemas mucho más graves para la educación pública. Por otro hurta a la población el necesario debate sobre la naturaleza de los acuerdos establecidos entre la Santa Sede y el Estado Español con claras repercusiones en el modelo educativo del país, siendo más graves estas en la medida que los intereses de unos y otros están más o menos protegidos por las distintas opciones políticas que nos representan.