Flora Pescador, Vicente Mirallave. Profesores Titulares de Urbanística y Ordenación de Territorio.
Los últimos acontecimientos sucedidos en el mundo debidos a catástrofes naturales han puesto sobre la mesa una creciente preocupación por nuestra propia vulnerabilidad ante estos desastres. Aunque muchas catástrofes naturales son imprevisibles ocurre muchas veces que sus consecuencias afectan a las poblaciones de menores recursos económicos. Vemos como la pobreza en el mundo mantiene niveles de relación directa entre modelos de urbanización en precario e imprevisión de los riesgos.
Pero también algunos desastres naturales pueden ser producto directo o indirecto de los impactos humano previos y quizás muchas de las actuales catástrofes empiecen a estar relacionadas o sean consecuencia de nuestra manera de situarnos frente al mundo.
En las islas Canarias, fundamentalmente en aquellas de orografía más acusada, podemos estar expuestos a situaciones de máxima alerta en casos de grandes lluvias torrenciales o fuertes avenidas. Aún tenemos en el recuerdo las inundaciones en Santa Cruz de Tenerife y sus consecuencias. Esto nos lleva a la necesidad de controlar algunas implantaciones urbanas, la mayor parte de ellas con origen en la autoconstrucción, que se han ido situando en aquellos territorios más desprestigiados y de menor capacidad de acogida para este tipo de usos como son las laderas de fuertes pendientes, los lugares vinculados a escorrentía o incluso en situación de cauces naturales. En otros casos las consecuencias podrían estar producidas por grandes corrimientos de terrenos debido a la erosión y desertificación de los suelos en relación directa con la intensa deforestación de las áreas periurbanas que contribuyen a aumentar las repercusiones sobre zonas urbanas en caso de riesgo por avenidas o también los vertidos ilegales que cuando son de gran entidad pueden llegar a producir taponamientos en los cauces y grandes impactos en zonas urbanas situadas aguas abajo.
También la tendencia de los últimos años de colonización intensiva del litoral debería hacernos reflexionar de lo insostenible de esta situación, la creciente erosión del frente marítimo la transformación de la dinámica de costas y sus imprevisibles consecuencias sin olvidar la anunciada subida del nivel de mar por los interrogantes que se derivan de los efectos del cambio climático, podrían llegar a tener efectos muy negativos aumentados por la falta de previsión en alguna situación de catástrofe natural.
También el vulcanismo en las islas ha sido siempre una preocupación aunque cada vez nos coge mejor preparados, el creciente y extendido monitoreo junto a las normas de construcción sismo-resistentes nos sitúan en una situación de cierta ventaja y previsión frente a posibles catástrofes de esta índole.
Todo esto nos lleva a la necesidad de defender una cultura de previsión que haga más viable la vigilancia sobre el nivel de incertidumbre y un mayor control del riesgo. Las normativas, que se han demostrado muy eficaces en situación de movimientos sísmicos, o de ordenación del territorio también deberían profundizar en otras medidas de prevención frente a catástrofes generalizando y normalizando prácticas urbanísticas muy relacionadas con los principios del Ecourbanismo. En toda ordenación urbanística o en cualquier obra pública es prioritario el conocimiento del entorno y el análisis de los recursos naturales de la zona a intervenir para detectar las áreas más vulnerables y planificar en consecuencia con una ordenación adecuada a la capacidad de uso de cada una de ellas así como de sus posibles restricciones. El conocimiento de la geología, hidrología, geomorfología, meteorología o la información histórica de la zona ayudan con la evaluación de los datos obtenidos al establecimiento de criterios de ordenación o a la organización de mapas de amenazas y sistemas de alerta. También la depuración y decantación de las aguas, manteniendo situaciones de ciclo equilibradas, la necesidad del reciclado de las basuras y el reuso de los restos de materiales de obras junto con la necesidad de sistematizar el uso de energías alternativas colaboran a un mejor posicionamiento frente al medio ambiente sin olvidar el fomento, desde todos los niveles de la educación, de una verdadera cultura del riesgo en relación con los usos humanos sobre el territorio. Las islas desde este punto de vista como territorios acotados podrían funcionar como auténticos laboratorios de sostenibilidad.