Ricardo Álvarez Espejo Profesor de Tectónica Global en la Facultad de Ciencias del Mar, de la ULPGC.
El término tsunami, equivalente a maremoto, se aplica a una serie de olas gigantescas. Se relacionan con episodios sísmicos, volcánicos submarinos o con deslizamientos masivos de materiales sólidos hacia el mar, que sean capaces de producir un desplazamiento puntual e instantáneo de una gran cantidad de agua.
Esta situación origina la propagación circular de un sistema de ondas de longitud y velocidad por encima de los valores normales. La altura de ola en aguas profundas puede ser insignificante, pero a medida que se aproxima al sistema plataforma-costa, con aguas de menor profundidad, la amplitud aumenta paulatinamente, hasta alcanzar 20 m o más de altura. Y finalmente rompe, liberando toda su energía, en dos modalidades: voluta o derrame. La modalidad de rotura está condicionada por la pendiente y la anchura del sistema plataforma-costa.
La rotura en voluta es más violenta y genera un desplazamiento de la masa de agua, en forma de corriente turbulenta. Afecta a una reducida franja litoral caracterizada por su alta pendiente y estrecha plataforma. Cuando el litoral está precedido de una ancha plataforma, la rotura es en derrame que aún siendo muy violenta, lo es menos. Origina una fuerte corriente de agua con gran capacidad de arrastre que se desplaza varios kilómetros tierra adentro, tanto más cuanto más llano sea el relieve y la altura de ola en rompiente, lo cual; significa mayor volumen de agua para distribuirse. Los frentes de onda llegan a la costa a intervalos de casi una hora y esta situación puede durar varios días, aunque haya cesado la causa (réplicas).
La prevención de este suceso se ciñe a la identificación geográfica y geológica de las causas, y al registro histórico de acontecimientos. Se pueden catalogar áreas de riesgo (espacio), pero no el momento (tiempo), ni la intensidad. En este sentido, a modo de orientación, su frecuencia es de una vez cada: 25 años para el Pacífico, 100 años para el Índico y 300 años para el Atlántico. No obstante, una vez generado el efecto ola anómala, se puede anticipar su incidencia en las costas con una antelación de hasta 8 horas en función, claro está, de la distancia al origen, y disponibilidad de sensores
La causa más frecuente de los maremotos es la actividad sísmica submarina, que está relacionada con fracturas y fallas de la corteza terrestre, consecuentes a las tensiones en la movilidad de las placas litosféricas. Las placas se mueven sobre la superficie de la Tierra debido a la dinámica de sus límites: tirón hacia abajo en las zonas de subducción (generalmente fosas submarinas), y empuje horizontal desde las dorsales de acreción (cordilleras centro-oceánicas). En sentido coloquial, podría decirse que hay un movimiento por tracción delantera (tirón) y por tracción trasera (empuje). Esta dinámica no está equilibrada, ni es permanente. Si domina el empuje, la placa se comprime y tiende a plegarse. Si domina el tirón, la placa se distiende (se estira). Pero como la placa es de naturaleza rígida, su respuesta será fracturarse, y esto produce terremotos. Y no siempre origina maremotos, al menos importantes.
Si la distensión es relevante, se produce una falla normal, es decir; una fractura con desplazamiento vertical, donde a lo largo de una dirección longitudinal del fondo oceánico, paralela a la fosa, su tramo más próximo se hunde y se asienta en una significativa extensión. En consecuencia, la masa de agua se acomoda bruscamente a la nueva batimetría y transmite a su entorno, la energía asociada al suceso, que se añade a la energía símica: es el tsunami. Esta descripción podría ser apropiada para el reciente caso de Asia (26 de diciembre de 2004).
La posibilidad de tsunami en Canarias es baja teóricamente. El riesgo se relaciona históricamente con deslizamientos rocosos en masa, como presumiblemente ocurrió en El Golfo (Isla de El Hierro) y quizás en otras islas, en momentos puntuales del Tiempo Geológico.
También podría vincularse con la zona de subducción Puerto Rico-Martinica, en el tránsito marino Caribe-Atlántico. Aunque en este caso, la placa involucrada está más equilibrada en su dinámica debido al desarrollo de las fallas transformantes que, en sección transversal, afectan a la dorsal centro atlántica. Ésta empuja muy levemente a la placa Sudamericana hacia el oeste, pero las transformantes amortiguan el tirón de la subducción y, por lo tanto, la distensión.
En cuanto a efusiones volcánicas submarinas, como posibilidad de maremotos, no se identifican situaciones de gran extensión, tipo Krakatoa (Java), que está en una amplia franja de subducción. Las subducciones del Atlántico son muy limitadas y no generan normalmente cámaras magmáticas explosivas. Por lo demás, el vulcanismo del Atlántico es de numerosas fracturas muy dispersas y de numerosos puntos calientes de menor actividad que los de Hawai o Islandia (que “no produce tsunami… ¿?”).
En el hipotético caso de este suceso en Canarias, la rotura de ola sería en voluta, afectando muy violentamente a una estrecha franja del litoral. Y la incidencia sería más significativa en las costas occidentales (incluidos sectores norte y sur) y sobre todo en las islas más alejadas del continente africano.