José Miguel Veza. Departamento de Ingenieria de Procesos
El concepto de diversificación de recursos energéticos esta continuamente presente en el debate sobre recursos y sobre estrategias de crecimiento global. Obviamente, la diversificación, entendida en el sentido de reducir la dependencia de una sola fuente primaria -el petroleo- es beneficiosa para los países o empresas compradoras, y supuestamente para los usuarios finales. De hecho, responde a la versión energética del dicho popular de “no poner todos los huevos en la misma cesta”, por razones no solo económicas -de precios-, sino también porque al diversificar las fuentes de suministro mejora la garantía de obtener materia prima. No olvidemos que algunas de las formas de energía primaria, especialmente petroleo y gas natural, y en menor medida el carbón, a veces están sujetas a fuertes oscilaciones debidas a acontecimientos geopolíticos, o desastres naturales, cambios bruscos en el tiempo atmosférico, etc.
Cuanto se ha hablado en Canarias desde los años ochenta, de diversificar las fuentes. Los mayores esfuerzos han ido en la dirección de sustituir parcialmente el fueloil por el gas natural, en las centrales térmicas, así como en aumentar progresivamente la utilización de energías renovables, tanto para la producción eléctrica por vía eólica, como en usos domésticos e industriales (energía solar térmica), como en algunas aplicaciones de la fotovoltaica. Respecto al primer caso, las condiciones han ido cambiando a mejor con el tiempo (grandes yacimientos, desarrollo de ciclos combinados) mientras que las energías renovables también están jugando un papel creciente, y relevante, en la diversificación. Lamentablemente, y siempre desde mi punto de vista, las energías renovables, por su propia naturaleza de dispersas en el espacio, y variables en el tiempo, no parece que puedan ser una solución que cubra todas las necesidades energéticas a largo plazo.
Aparecen otras opciones en el horizonte. El hidrógeno, al que se suele denominar como vector por su capacidad de actuar como portador energético, al contribuir al transporte y almacenamiento, uno de los grandes retos de la energía, si bien no es una fuente en si mismo. Su papel también es creciente, y tanto a nivel institucional como operativo, esta reconocido como una realidad a pequeña escala hoy día, y una gran esperanza para la gran escala en años futuros. La energía nuclear de fusión, cuyas ventajas de principio son muy atractivas, tardará aún un tiempo en alcanzar la fase comercial, a pesar de los grandes proyectos de investigación, como ITER.
Pero el lector paciente observará que todos los comentarios anteriores están referidos al suministro de diversas fuentes de energía primaria o portadores. Es decir al lado de la oferta. Con mucha frecuencia se olvida o se minusvalora el otro lado de la balanza, el lado de la demanda, es decir la utilización de la energía. La clave (al menos una de ellas) puede estar en el popularmente llamado “ahorro de energía”. Si hemos de hacer caso a la primera ley de la termodinámica, no es tal ahorro, sino mas bien una utilización eficiente de la energía (si creemos en la segunda ley). Matizaciones terminológicas aparte, se trata en definitiva de utilizar la energía de forma mas eficiente (uso eficaz o uso racional). Aprovecharla al máximo, y no utilizar mas de la necesaria.
Por esta vía, hemos llegado a lo que considero que es un aspecto básico de la gestión energética: la utilización eficiente. No se trata necesariamente tanto de creación de infraestructuras para suministros cada vez mayores, para la distribución, etc, como de una autentica toma de conciencia publica en el sentido de considerar a la energía como recurso escaso, y por tanto, de obligado uso eficiente.
Las motivaciones no son solo económicas, sino que se extienden. Las implicaciones con la cuestión ambiental son inmediatas: la reducción de las cantidades utilizadas (“consumidas”) tiene un efecto inmediato en la reducción de la contaminación a corto y largo plazo (control del calentamiento global, cambio climático).
El paralelismo con el consumo de bienes de todo tipo, y la consiguiente generación de incontables cantidades de residuos solidos (incluidos envases y embalajes, aparatos electrónicos usados, etc) es evidente. Inmediatamente aparece la obvia relación existente con el grado de consumismo en que nos encontramos inmersos en la llamada sociedad occidental, que tiende con frecuencia al consumo innecesario, y al despilfarro.