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Nº8
Marzo 2004
El BAZAR DE LOS ANUNCIOS
Opinamos sobre
LA UNIVERSIDAD COMO FORO DE DEBATE Y EL ENCUENTRO SOCIAL DE LA CIUDAD

Eugenio Padorno, profesor titular de Teoría de la Literatura de la Facultad de Filología de la ULPGC

El título de nuestro artículo es, más que una realidad, una meta, y no hará falta aclarar que estamos hablando de lo que se entiende por Universidad española en general. En cualquier caso, la Universidad deja de ser una simple entelequia para convertirse en un organismo vivo cuando, justamente, aspira a ser lo que el título enuncia, bien porque la institución se proponga remover los espíritus y conciencias de la sociedad en que se halla inserta, bien porque esa sociedad sea la que le demande tal remecer.

La Universidad, además de saber combinar su triple misión (enseñar, fomentar la investigación y formar), ha de conservar su identidad (ser pasado), y ello implica, aunque parezca contradicción, vivir en el cambio (ser futuro), incorporar el debate creador. Es verdad incontrovertible que las jóvenes universidades, lejos de cuestionar algunos viejos caminos del conocimiento (y la pertinencia de ciertos conocimientos), desean obtener, con aceleración del tiempo histórico, la autoridad conferida por rancios saberes y maneras. Y si es verdad que la imagen de la Universidad roza en ocasiones la de la concreción de un simple aulario, no es menos cierto que los medios de comunicación siguen hablando de la disociación de Universidad y sociedad, aunque no dejen de desarrollarse, extramuros universitarios, cursos y seminarios. El diálogo de Universidad y sociedad parece cosa perentoria. La complejidad del problema es extraordinaria.

La filosofía contemporánea nos recuerda que el hombre es una incesante sucesión de proyectos encaminados a su realización como persona; se trata, por tanto, de conferir a la vida una dirección y sentido satisfactorios. Consideramos entonces la importancia que tiene el ámbito universitario para el logro de aquel programa existencial, para corroborarlo o rectificarlo. Hay unas páginas de Ortega y Gasset tituladas “Sobre las carreras” cuya cita resulta aquí oportuna; se dice en ellas que el ser del hombre es obra de imaginación puesto que “necesita elegirse él su propio ser”; el hombre elige su vida iluminado — teóricamente — por su vocación; pero ocurre, por lo que concierne al hombre universitario, que no siempre coinciden el trayecto esquemático que es una carrera, una especialización, con lo que se quiere para nuestra vida.

¿Es dable suponer que el joven que llega a la Universidad, aun en el caso de que haya podido acceder a la carrera deseada, ha elegido lo más conveniente para su futuro? ¿No habrá incurrido en una “elección” impuesta por la condición profesional de sus progenitores o por las demandas –tal vez pasajeras- del medio? Las preguntas que nos podríamos hacer al respecto son, por variadas, numerosísimas. Paradójicamente, si la Universidad ideal parece identificarse con el lugar desde el que tomar partido para emprender un camino, científico o humanístico, a él se llega con decisiones tomadas de antemano, en los centros de Secundaria, en el mejor y más libre de los casos, sin que el joven haya alcanzado un completo conocimiento de sus posibilidades y de las facetas del saber que se le ofrecen.

Y concluyo con una reflexión sobre lo próximo. La Universidad canaria, a nuestro juicio, debe dar razón de su condición fronteriza, y esto implica tener conciencia de su propia potencialidad, de la posibilidad de intercambiar acciones didácticas e investigadoras con las instituciones de su entorno intercontinental. Y con atención a la generación de sus saberes específicos, no debe olvidar acaso la preservación de su identidad, ante la amenaza de los aspectos negativos y totalitaristas de la globalización.

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