Eugenio Padorno, profesor titular de Teoría de la Literatura de la Facultad de Filología de la ULPGC
El título de nuestro artículo es, más que una realidad, una meta, y no hará
falta aclarar que estamos hablando de lo que se entiende por Universidad
española en general. En cualquier caso, la Universidad deja de ser una simple
entelequia para convertirse en un organismo vivo cuando, justamente, aspira a
ser lo que el título enuncia, bien porque la institución se proponga remover
los espíritus y conciencias de la sociedad en que se halla inserta, bien porque
esa sociedad sea la que le demande tal remecer.
La Universidad, además de saber combinar su triple misión (enseñar, fomentar la
investigación y formar), ha de conservar su identidad (ser pasado), y ello
implica, aunque parezca contradicción, vivir en el cambio (ser futuro),
incorporar el debate creador. Es verdad incontrovertible que las jóvenes
universidades, lejos de cuestionar algunos viejos caminos del conocimiento (y
la pertinencia de ciertos conocimientos), desean obtener, con aceleración del
tiempo histórico, la autoridad conferida por rancios saberes y maneras. Y si es
verdad que la imagen de la Universidad roza en ocasiones la de la concreción
de un simple aulario, no es menos cierto que los medios de comunicación siguen
hablando de la disociación de Universidad y sociedad, aunque no dejen de
desarrollarse, extramuros universitarios, cursos y seminarios. El diálogo de
Universidad y sociedad parece cosa perentoria. La complejidad del problema es
extraordinaria.
La filosofía contemporánea nos recuerda que el hombre es una incesante sucesión
de proyectos encaminados a su realización como persona; se trata, por tanto, de
conferir a la vida una dirección y sentido satisfactorios. Consideramos
entonces la importancia que tiene el ámbito universitario para el logro de
aquel programa existencial, para corroborarlo o rectificarlo. Hay unas páginas
de Ortega y Gasset tituladas “Sobre las carreras” cuya cita resulta aquí
oportuna; se dice en ellas que el ser del hombre es obra de imaginación puesto
que “necesita elegirse él su propio ser”; el hombre elige su vida iluminado —
teóricamente — por su vocación; pero ocurre, por lo que concierne al hombre
universitario, que no siempre coinciden el trayecto esquemático que es una
carrera, una especialización, con lo que se quiere para nuestra vida.
¿Es dable suponer que el joven que llega a la Universidad, aun en el caso de
que haya podido acceder a la carrera deseada, ha elegido lo más conveniente
para su futuro? ¿No habrá incurrido en una “elección” impuesta por la condición
profesional de sus progenitores o por las demandas –tal vez pasajeras- del
medio? Las preguntas que nos podríamos hacer al respecto son, por variadas,
numerosísimas. Paradójicamente, si la Universidad ideal parece identificarse
con el lugar desde el que tomar partido para emprender un camino, científico o
humanístico, a él se llega con decisiones tomadas de antemano, en los centros
de Secundaria, en el mejor y más libre de los casos, sin que el joven haya
alcanzado un completo conocimiento de sus posibilidades y de las facetas del
saber que se le ofrecen.
Y concluyo con una reflexión sobre lo próximo. La Universidad canaria, a
nuestro juicio, debe dar razón de su condición fronteriza, y esto implica tener
conciencia de su propia potencialidad, de la posibilidad de intercambiar
acciones didácticas e investigadoras con las instituciones de su entorno
intercontinental. Y con atención a la generación de sus saberes específicos, no
debe olvidar acaso la preservación de su identidad, ante la amenaza de los
aspectos negativos y totalitaristas de la globalización.